Titulo del cuento: “Vacaciones (Gula)”
Autor: Guberlín Rojas
Miembro del grupo literario MICROS Y MACROS TODOS LOS RELATOS.
Apenas comenzaba las vacaciones de julio hasta agosto de 2010, gustaba viajar para saber que comía la gente de cualquier lugar del mundo y llevaba conmigo una mini laptop para escribir los más mínimos detalles de la vida. Lo hacía como si fuera un cronista antiguo, señalando todo lo posible por realizarse o lo inimaginable que se ajustara a las medidas de las circunstancias o los acontecimientos que me rodeaban. Un día vi a una madre en la calle que necesitaba ayuda, la auxilié como un ejercicio de misericordia. Después me gustó tanto que decidí trabajar en un hospital en el oriente del país. No era extraño que todos los días llegaran heridos así como muertos que asediaban el ambiente con sangre y malos olores. A lo lejos se escuchaban los disparos seguido del sonido de las ambulancias. Llevaban unas tras otras queriendo entrar todas a la vez. Los gritos de los pacientes eran una desesperación por vivir. En aquel entonces tenía veinticinco años, con mi sonrisa permanente y como era eficaz en el trabajo me asignaban guardias en exceso. Nunca las rechazaba pensando en el sufrimiento de las gentes. Mi recompensa era ver la alegría en ellos, la felicidad del anciano liberado de una enfermedad prostática o de los niños requiriendo más tiempo para vivir. Los pacientes me consideraba un familiar más y debido a ello sentía sus miradas tan amorosas que bastaban para que la misericordia reinara, la paz y tranquilidad. Casi nadie dormía por el intenso calor que hacía, frecuentaban los pasos de enfermeros y médicos. De repente desde la puerta se escucha que dicen:
–– ¡Viene un accidente!... ¬¬––gritó el vigilante con su protuberante barriga, vestido de policía con sus ojos envejecidos por el exceso de desvelos.
––¡Camilla! ––repitió.
Seguidamente hicieron filas las enfermeras y los médicos quienes habían dejado la comida para esperar. Era mediodía, el sol castigaba alrededor y los vendedores gritaban:
––¡Café caliente! ¡Pastelito!...
Las camillas esperaban.
Los cuerpos llegaron deshechos, había uno que sobresalía por su robustez y cuando vieron su rostro era evidente su rasgo chino, su cuerpo amarillento y lustroso sobresalía sobre la cama de emergencia; ahí entraban y salían personas buscando a sus familiares. Se acrecentaba la algarabía. Los tres hermanos a quienes el chino le estuvo haciendo el favor de llevarlos a su casa llegaron muertos, sus familiares no hallaban donde sostener tanto dolor, lágrimas, estaban perplejos, sin respiro: la esposa, la madre, el padre y los primos. Al asiático lo llevaron al quirófano, casi desnudo. Antes atravesaron el pasillo esquivando las diversas miradas que esperaban con expectativas... Estuve pendiente mientras luchaban para salvarle la vida. El sudor bajaba copiosamente y la enfermera esbelta que nunca dejaba de sonreír secaba el sudor. El hombre agonizaba, un coágulo de sangre no le dejaba respirar y debido a un exceso de comida consumida impidió que se salvara. Murió también. El embajador llegó rápido a la morgue a reclamar el cuerpo, que estuvo varias horas en la cava que contenía poca refrigeración. Su pecho ya estaba verde. Me encargué con esfuerzo de ponerlo sobre una mesa de disección plateada y fría. El aspecto de aquel cuerpo era como si le saliera algas por los oídos, caracoles por los ojos; sus pies eran dos rocas resecas. Parecía un legendario luchador y su posición era como de guerrero que deseaba continuar la lucha. Era evidente que no había que hacer ningún reconocimiento. Después de firmar los papeles de ley, el embajador, hombre bajo, abrazó a su hermano e inmediatamente les dio órdenes a sus séquitos de cargarlo a la furgoneta para trasladarlo al aeropuerto donde el avión estaba dispuesto para llevárselo a China. Pensé en viajar con ellos, estuve a punto de proponérselo y así seguir mis viajes, mis vacaciones; pero de repente me llaman para un parto. La mujer tenía problemas con el embarazo y se requería una cesaría. Como ella tuvo seis hijos los médicos consideraron la posibilidad de hacerle parir.
― ¡Puja! –le decían.
Se complicó y murió.
Luego vi en la entrada del hospital a un hombre cabizbajo que dejaba caer los pensamientos al suelo; entonces le pregunté qué buscaba y me dijo:
―Mi esposa acaba de morir pariendo…
–¿Ya la viste?
–No.
–¿Quieres verla?
–Si.
Lo conduje al sótano. Abrí las dos cavas tanto de su esposa como de su hijo, se acercó para ver primero al niño y luego a ella. Sus lágrimas rodaron copiosamente hacia el suelo húmedo.
–Le dije que no comiera tanto y le dio una embolia en pleno parto –me dijo consternado.
–Si lo sé.
Le miré compasivo y le invité a comer a mi casa y no aceptó sin dejar de quitarle la mirada sufrida a las dos cavas medias abiertas en donde dos cuerpos fueron separados por las circunstancias.
El hombre le abrazó los pies dejando caer su frente sobre los tobillos.
Luego puso en la esposa el rostro lleno de lágrimas sobre su cuerpo aún desnudo.
Me fui a casa y me acordé que no había comido. Después me acosté en la cama, sin ver televisión, y me dispuse a escribir en la mini laptop los detalles de mis vacaciones.
Autor: Guberlín Rojas
Miembro del grupo literario MICROS Y MACROS TODOS LOS RELATOS.
Apenas comenzaba las vacaciones de julio hasta agosto de 2010, gustaba viajar para saber que comía la gente de cualquier lugar del mundo y llevaba conmigo una mini laptop para escribir los más mínimos detalles de la vida. Lo hacía como si fuera un cronista antiguo, señalando todo lo posible por realizarse o lo inimaginable que se ajustara a las medidas de las circunstancias o los acontecimientos que me rodeaban. Un día vi a una madre en la calle que necesitaba ayuda, la auxilié como un ejercicio de misericordia. Después me gustó tanto que decidí trabajar en un hospital en el oriente del país. No era extraño que todos los días llegaran heridos así como muertos que asediaban el ambiente con sangre y malos olores. A lo lejos se escuchaban los disparos seguido del sonido de las ambulancias. Llevaban unas tras otras queriendo entrar todas a la vez. Los gritos de los pacientes eran una desesperación por vivir. En aquel entonces tenía veinticinco años, con mi sonrisa permanente y como era eficaz en el trabajo me asignaban guardias en exceso. Nunca las rechazaba pensando en el sufrimiento de las gentes. Mi recompensa era ver la alegría en ellos, la felicidad del anciano liberado de una enfermedad prostática o de los niños requiriendo más tiempo para vivir. Los pacientes me consideraba un familiar más y debido a ello sentía sus miradas tan amorosas que bastaban para que la misericordia reinara, la paz y tranquilidad. Casi nadie dormía por el intenso calor que hacía, frecuentaban los pasos de enfermeros y médicos. De repente desde la puerta se escucha que dicen:
–– ¡Viene un accidente!... ¬¬––gritó el vigilante con su protuberante barriga, vestido de policía con sus ojos envejecidos por el exceso de desvelos.
––¡Camilla! ––repitió.
Seguidamente hicieron filas las enfermeras y los médicos quienes habían dejado la comida para esperar. Era mediodía, el sol castigaba alrededor y los vendedores gritaban:
––¡Café caliente! ¡Pastelito!...
Las camillas esperaban.
Los cuerpos llegaron deshechos, había uno que sobresalía por su robustez y cuando vieron su rostro era evidente su rasgo chino, su cuerpo amarillento y lustroso sobresalía sobre la cama de emergencia; ahí entraban y salían personas buscando a sus familiares. Se acrecentaba la algarabía. Los tres hermanos a quienes el chino le estuvo haciendo el favor de llevarlos a su casa llegaron muertos, sus familiares no hallaban donde sostener tanto dolor, lágrimas, estaban perplejos, sin respiro: la esposa, la madre, el padre y los primos. Al asiático lo llevaron al quirófano, casi desnudo. Antes atravesaron el pasillo esquivando las diversas miradas que esperaban con expectativas... Estuve pendiente mientras luchaban para salvarle la vida. El sudor bajaba copiosamente y la enfermera esbelta que nunca dejaba de sonreír secaba el sudor. El hombre agonizaba, un coágulo de sangre no le dejaba respirar y debido a un exceso de comida consumida impidió que se salvara. Murió también. El embajador llegó rápido a la morgue a reclamar el cuerpo, que estuvo varias horas en la cava que contenía poca refrigeración. Su pecho ya estaba verde. Me encargué con esfuerzo de ponerlo sobre una mesa de disección plateada y fría. El aspecto de aquel cuerpo era como si le saliera algas por los oídos, caracoles por los ojos; sus pies eran dos rocas resecas. Parecía un legendario luchador y su posición era como de guerrero que deseaba continuar la lucha. Era evidente que no había que hacer ningún reconocimiento. Después de firmar los papeles de ley, el embajador, hombre bajo, abrazó a su hermano e inmediatamente les dio órdenes a sus séquitos de cargarlo a la furgoneta para trasladarlo al aeropuerto donde el avión estaba dispuesto para llevárselo a China. Pensé en viajar con ellos, estuve a punto de proponérselo y así seguir mis viajes, mis vacaciones; pero de repente me llaman para un parto. La mujer tenía problemas con el embarazo y se requería una cesaría. Como ella tuvo seis hijos los médicos consideraron la posibilidad de hacerle parir.
― ¡Puja! –le decían.
Se complicó y murió.
Luego vi en la entrada del hospital a un hombre cabizbajo que dejaba caer los pensamientos al suelo; entonces le pregunté qué buscaba y me dijo:
―Mi esposa acaba de morir pariendo…
–¿Ya la viste?
–No.
–¿Quieres verla?
–Si.
Lo conduje al sótano. Abrí las dos cavas tanto de su esposa como de su hijo, se acercó para ver primero al niño y luego a ella. Sus lágrimas rodaron copiosamente hacia el suelo húmedo.
–Le dije que no comiera tanto y le dio una embolia en pleno parto –me dijo consternado.
–Si lo sé.
Le miré compasivo y le invité a comer a mi casa y no aceptó sin dejar de quitarle la mirada sufrida a las dos cavas medias abiertas en donde dos cuerpos fueron separados por las circunstancias.
El hombre le abrazó los pies dejando caer su frente sobre los tobillos.
Luego puso en la esposa el rostro lleno de lágrimas sobre su cuerpo aún desnudo.
Me fui a casa y me acordé que no había comido. Después me acosté en la cama, sin ver televisión, y me dispuse a escribir en la mini laptop los detalles de mis vacaciones.
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